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| Amanecer, bahía del Coyote, Mulegé, Baja California Sur. Año 2019 |
De
niño, cuando tocaba acompañar a mi madre al supermercado me gustaba detenerme
en el mostrador donde vendían guitarras. Recuerdo el stand con las guitarras
acostadas envueltas en una bolsa transparente, muchas veces la bolsa era opaca
y empolvada, pero eso no impedía que me
acercara y buscara un espacio para hacer sonar sus cuerdas, lo importante era
hacerla sonar, y lo hacía a través de un espacio improvisado por donde cabía mi
mano y podía saciar mi curiosidad.
Una
navidad, llegó de regalo el instrumento. Lo disfruté, me hice de algunas
revistas de cancioneros, improvisaba algunas melodías que escuchaba en radio,
televisión y me inscribí a clases en el centro comunitario del barrio.
En mi
adolescencia, la guitarra se volvió más un instrumento de desahogo, que un
instrumento musical; la firmé, escribí mensajes en ella, la pinté de colores
negro y rojo, era el color que me alegraba la vida en ese momento; luego los
mensajes fueron cubiertos por calcamonías, muchas de ellas de propaganda
política, de esas que reparten en la calle. La rayé hasta que no hubo un solo
hueco. En un arranque de ira, la estrellé contra el suelo y le rompí parte de
la cubierta, luego repinté de negro con aerosol toda la guitarra completa, no
quería ya ver nada de lo que le había hecho.Por varios años la guitarra fue
abandonada, quedó en un rincón en mi habitación.
Ahora
lo recuerdo y lo traigo al presente, porque el cambio de ritmo y mis sesiones
de psicoterapia, me han hecho reflexionar sobre el abandono personal, cual
guitarra en el rincón. Me estoy dando cuenta que dejé de curiosear en las cosas,
en la naturaleza, en la música, en la
lectura, le saqué la vuelta a las cosas que me revitalizan y han llenado de
vida.
Descuidé
la música, el lado artístico que está ahí, pintado de diversas formas, debajo
de la capa de calcamonías y que fue repintado por la rutina, el trabajo, el
ritmo de la vida exterior que opaca la necesidad de retomar el ritmo de la vida
interior. La descuidé en los momentos de
tráfico, en el tiempo que no le he dado a mis amistades, a mi familia, en el
tiempo que no me he dado a mí mismo.
Los
primeros días de cuarentena, no me di la oportunidad de reflexionar, estaba
negado a entrar en ese interior y llegué a trivializar los momentos de
reflexión compartidos. ¡Ah, otra crisis que sacará lo mejor de nosotros!, ¡otro
momento para reflexionar sobre lo que estoy haciendo de mi vida! Ahora lo veo,
me parece que es justo lo que necesitaba, un tiempo para pensar lo que estoy
haciendo en el presente y si estas acciones me están llevando al futuro soñado.
Creo que es un buen momento para hablar del autoabandono, en tiempos en que
hablamos de acompañarnos, de lo social, vale la penda preguntarme: ¿cómo estoy?
Independientemente de mis roles sociales.
La
guitarra y yo sobrevivimos, pasado un tiempo pude arreglarla, la limpié,
desprendí todo lo que la cubría, al descubrir ese nuevo cuerpo lo lijé y quedó
como en sus inicios, sin cuerdas, sin pintura y lista para volver a ser lo que
en sus inicios.
Mi proceso personal sigue en marcha, la guitarra está ahí,
mi vida también está lista para volver a ser, para volver a retomarse.
Este texto es resultado de el taller de Bitácora Personal impartido por la Dra. Ximena Peredo y el equipo de Vertebrales.com , la publicación original la pueden encontrar en el siguiente vínculo:

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