Bitácora del Desierto




El desierto está lleno de vida
Llegué el 10 de enero al pueblo de Mulegé luego de viajar alrededor de 18 horas, primero por aire desde la ciudad de Monterrey, luego en autobús por la fantástica y alucinante carretera transpeninsular de la Baja California Sur.  Mi llegada a Mulegé fue alrededor de las 3 de la madrugada, el clima era muy frío y húmedo, las nubes parecían abrazar al pueblo y yo sentía que la aventura estaba por iniciar.

Decidí caminar hacia el punto de reunión que era en la plaza principal, donde obviamente no había ni una sola alma despierta, bajé mi mochila y me recargué en un poste dentro del kiosco. En ese lugar trataba de aterrizar lo que estaba por vivir, lo que estaba viviendo desde ese instante, las horas de viaje no se sentían, la sensación de iniciar un viaje a un punto desconocido, hacía lo inhóspito, hacia la incertidumbre me mantenían despierto.

Ya por la mañana, con la suerte de mi lado, al encontrar hospedaje por unas horas, justo al amanecer, regresé al kiosco de la plaza principal. Poco a poco fueron llegando los compañeros y compañeras de expedición. La expectativa fue subiendo de tono, la palomilla se  iba reuniendo, nos empezamos a conocer, empezamos la expedición.

En los primeros días recuerdo el calor, tan difícil de librarse de él por las escasas sombras, solo los grandes sahuaros del desierto te daban un momento de respiro; la muy escasa humedad y el frío, solo en las noches que la temperatura extrema hacía que el rocío de la madrugada llegara al punto de congelamiento; la falta de agua para tomar, llegar al punto de reunión y re-abastecer de algún charco o abrevadero para luego desinfectar y confiar en que la solución química te libraría de los bichos y bacterias que no necesita el cuerpo y tener lo que si necesita, la hidratación.

Creo que la vida puede ser una gran escuela, con las personas y el entorno cercano como maestros y sus orientadores que confronten y ayuden a que cada momento sea un espacio de aprendizaje y reflexión. 

Esta expedición ha sido como uno de los mejores sueños de la infancia. De esos sueños que tenía cuando jugaba a caminar entre arbustos y terrenos escarpados explorando en un jardín toda la vida posible, donde pasaba, de pensar un escalón como una gran colina por descender, hasta crear un canal de agua para que pasara de ser un charco a una acequia que llevara el líquido hacia otro punto. Sueños como el voltear a ver las sierras que rodean mi ciudad y verme corriendo por toda la arista de un lado a otro pasando acantilados de un solo salto, pensando en que la vida allá arriba dependía del equilibrio que tuviera, eso sí, nunca me vi cayendo, si me veía volando. 

Los últimos días en el desierto. 
Estos sueños de alguna manera han guiado mi curiosidad, recuerdo los primeros ascensos que hice en la Huasteca, Santa Catarina y la primera vez que hice un recorrido largo en las sierras que rodean la ciudad de Monterrey. Sentir que estaba en un lugar inhóspito, rodeado de la naturaleza, protegido y al mismo tiempo vulnerable. Recuerdo la sensación de cansancio, pero también haber suspirado al final del camino, satisfecho por el calor, el frío, la amistad, el cielo, el viento. 

En la montaña nunca es igual, aunque te digan que el terreno es el mismo, que el clima también fue extremo, siempre será diferente. Las personas hacen la diferencia, la palomilla hace su trabajo, de ellos y ellas, de cada uno aprendemos, a eso vamos, a medir nuestra fuerza, a medir nuestra conciencia y nuestra voluntad.

Gracias a mis compañeros y compañeras de viaje, éste no ha sido la excepción y cada paso estuvo acompañado de sus palabras y reflexiones, de los aprendizajes y errores, de cada decisión que tomamos. En las decisiones no hay errores, son las decisiones del momento las que nos han hecho aprender, en cada situación, en cada ruta, en cada interpretación de mapa.

La Palomilla por la mañana antes de iniciar un nuevo recorrido. 


Quiero decirles que todo este mes han estado en mi mente, la palomilla, y toda la escuela NOLS. Llevo recuerdos y aprendizajes que me han ayudado a tomar impulso para tomar decisiones personales importantes y para poder seguir compartiendo y trabajando en la conservación de nuestras montañas.

Agradezco a todo el equipo de NOLS que hacen posible esta experiencia, a quienes con recursos materiales y económicos hacen posible que esta escuela siga funcionando de la manera tan profesional. Agradezco por el apoyo para el programa en México y por hacer posible que más personas vivamos experiencias como esta que marcan nuestra vida. 

¡A todos y todas un gran abrazo!
Miguel Villarreal
22 de febrero 2019

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